miércoles, 9 de diciembre de 2009

Laberinto de espejos

Laberinto de espejos

¡Espejito, espejito! ¿Acaso me sentiré viva el día de hoy?
El ruido del despertador, provoca que me levante de forma atropellada.
De regreso al mundo de los zombis.
Atravieso a oscuras la habitación, para postrarme frente a un atroz jurado: los espejos. Esperando un veredicto soy asaltada por una patética aparición.
- Eres tú otra vez, ¿Acaso jamás me dejarás en paz?
- ¿Por qué dices eso todas las mañanas? ¿Qué no vez que soy tu verdadero ser?-
-¿acaso no entiendes que en ti no encuentro lo que los demás quieren que sea? ¡Aléjate de una vez por todas! ¡Te odio!-
Siento caer el agua suave como la lluvia mezclándose con lágrimas que la gravedad arranca de mis ojos, dejando ir sollozos que se desvanecen en el ruido de la regadera y se condesan en el vapor de agua.
Entonces, consulto a un consejero secreto, que responde dudas cuando más lo necesito.
- Espejito, espejito, ¿verdad que tú sí sabes lo que es mejor para mí?
– Por supuesto preciosa, recuerda que la belleza física lo es todo, y si en algún momento llegaras a dudar de ello, yo podría morir y jamás volverías a verme. Entonces… estarías sola de verdad
– ¡Tienes Razón! ¡tú siempre tienes razón!, pero, no digas esas cosas, ¡te quiero mucho! Y… ¡¿no sé que haría si te perdiera?!
– Si princesa, ahora bien conoces la forma en que podrás agradecérmelo, y ya sabes, cada vez que busques consuelo, aquí estaré para ti, siempre aguardando la oportunidad de darte instantes de felicidad.
– ¡Si espejito, muchas gracias!

Con el filo del espejo acaricio profundamente mis muslos, viendo como la nívea piel se rasga permitiendo brotar un enrojecido espíritu que se vierte por la coladera. Al fin siento que respiro, ¡siento el corazón latir nuevamente! Este sublime orgasmo de dolor se clava como electrizantes punzadas, haciéndome gemir de efímero placer, al cual reacciono como si fuera una potente droga.
Al regresar de nuevo frente a los jurados, vuelvo a escuchar esa voz detrás de ellos, que pide a gritos la escuche pero niego dar credibilidad.
Escondiéndome entre sombras y rubores, resalto los ojos con el rimel para disimular la tristeza de su alma, cubro los labios bajo el gloss sabor a fresa para así endulzar sus amargas muecas y lacero el cabello con instrumentos que le deforman la estructura. Y ahora el disfraz…dentro del armario, un mar de disfraces se desborda para cubrir esta esbelta figura, escogiendo colores que no sólo combinen, sino que resalten el marrón de mis ojos.
¡Estoy lista! Ya puedo salir a conquistar el mundo de nuevo, tengo una máscara que disimula la desolación y un disfraz que embellece más un cuerpo bien proporcionado, además de ocultar las cicatrices.
Soy de nuevo dueña de la muñeca creada por y para alimentar el morbo de los demás, puedo manejarme cómo a sus destinos, ya que con una palabra emitida podría llevarlos hasta un etéreo paraíso de engaño o aplastar su ego como mierda si a si lo decido, simplemente por la corona que una sociedad elitista le otorga a una belleza criolla y un apellido de abolengo.
Rumbo al colegio escucho en la radio la canción de la semana, esa entonación grotesca que detesto pero debo aprender, ya que servirá para desahogar gritos de agonía mientras coreo sus letras en alguna típica mascarada de uno de los tantos palacios de la frivolidad, rodeada de figuras lascivas donde busco un abrazo, encontrando gestos que sólo llaman sexo, y por las mañanas me marco el cuerpo con versos que no debieron haber pasado.
Un antifaz oculta las ventanas de mi alma cuando se topan con aquel grupo de arpías al que frecuento. Que con abrazos lacerantes y falsas sonrisas, la envidia las corroe en secreto por atributos que no poseen. A su vez, satirizan los disfraces de otras para desviar la atención de sus conocidas habilidades carnales, las cuales ocultan para evitar las críticas y los prejuicios que son solo artificio.
En la cintura siento unas manos tomarme con brusquedad. Es el atractivo, pudiente y egocéntricamente hueco príncipe azul de la vida real, cuyos besos saben a Maria.
Regresando al palacio, corro a refugiarme a mis aposentos, un capullo que protege del mundo y la gente moderna que camina como cadáver viviente sin tener un poco de conciencia de que están vivos. Viven, piensan y actúan creyendo que lo hacen por ellos, pero no, no es así, tal vez sea MTV quien lo hace o cosas peores. Quizás yo ya lo sepa pero no tengo la fuerza para enfrentarlo.
Lloro sin dar tregua, como si así destilara el vacío que siento.
-¿qué sucedió? Estabas hermosa el día de hoy, ¡mira lo horrible que te pones cuando lloras! ¿Qué acaso no ves que se te hinchan los ojos? ¡Y él rimel se te corre haciéndote parecer prostituta sodomizada! ¿Qué sucede?, ¿acaso te volviste a dar cuenta de que tu vida es una mugre?
-¡Cállate!
-¡Acéptame! Reencuéntrate conmigo, riamos como si de nuevo tuvieras ocho años. Vuelve a actuar como si los demás no existieran, ¿recuerdas como?

- ¡No! ¡no puedo! ¡Jamás vuelvas a decir esas cosas!
En un frenesí de ira tomo el teléfono celular, para arrojarlo a los espejos, y continuo bombardeándolos con cuanto proyectil pueda usar para demolerlos.
Encerrada en la confusión busco respuestas evadiendo la única que puede proporcionar paz. Pero… hay alguien que tiene todas las contestaciones.
- ¡Espejito, espejito! ¡Estoy desesperada! ¿Qué es lo que debo hacer?
-Hay sólo una forma en la que ambos podemos liberarnos de esto, pero todo depende de ti y de nadie más. Tú sabes qué es lo que falta por intentar.
Levanto todos los fragmentos de espejo que hay tirados en el cuarto y los llevo a la tina de baño para sumergirlos.
Dejo caer el vestido mostrando mi hermoso cuerpo ante los trozos que aguardan en el fondo deseando acariciarme con sus picos.
Sobre el espejo del baño escribo con labial: “Iré a donde no puedas encontrarme, ha llegado el momento de terminar con todo… adiós.”
Todo listo para sumergirme en el baño de espejos, una última voluntad narcisista y última cena de una vanidosa.
Los trozos se agasajan en la suavidad del cutis, cortándome a pedazos como un ejército de pirañas hambrientas.
Espejito, estoy lista para irme, pero antes vuelve a llenarme de placer para así llegar al último suspiro.
Siento el tacto de cristal desgarrando las capas de mi epidermis, llenándome el vientre, los pechos y cada rincón de mi piel con sus afilados besos, llevando su angulosa lengua
hasta el cuello donde juguetea preparándome para el clímax final. Siento cómo se derrama el espíritu por la yugular y colorea el entorno con la sombra escarlata de la muerte,
entre el oasis carmesí de brillantes destellos, suspiro por ultima vez y escapo al fin.
Owiris Cervantes

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